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Sie werden euch in den Bann tun

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Sie werden euch in den Bann tun

(Os expulsarán) para soprano, alto, tenor y bajo, oboe d’amore I+II, oboe da caccia I+II, cuerdas y bajo continuo

Bonus: Transmisión en vivo

Después de las dos cancelaciones de los conciertos en marzo y abril por motivo de la pandemia, tuvimos que cancelar también el concierto del viernes 15 de mayo de 2020. La situación epidemiológica había mejorado entretanto. Sin embargo, todavía era demasiado pronto para pensar en conciertos normales. La cantata BWV 183 «Sie werden euch in den Bann tun» fue interpretada de la misma manera que las dos cantatas anteriores, es decir, con Rudolf Lutz al órgano, el 15 de mayo. El concierto se retransmitió en directo en streaming.

(Os expulsarán) para soprano, alto, tenor y bajo, oboe d’amore I+II, oboe da caccia I+II, cuerdas y bajo continuo Bonus: Transmisión en vivo Después de las dos cancelaciones de los…

(Os expulsarán) para soprano, alto, tenor y bajo, oboe d’amore I+II, oboe da caccia I+II, cuerdas y bajo continuo

Bonus: Transmisión en vivo

Después de las dos cancelaciones de los conciertos en marzo y abril por motivo de la pandemia, tuvimos que cancelar también el concierto del viernes 15 de mayo de 2020. La situación epidemiológica había mejorado entretanto. Sin embargo, todavía era demasiado pronto para pensar en conciertos normales. La cantata BWV 183 «Sie werden euch in den Bann tun» fue interpretada de la misma manera que las dos cantatas anteriores, es decir, con Rudolf Lutz al órgano, el 15 de mayo. El concierto se retransmitió en directo en streaming.

Grabaciones

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Diagrama de flujo para la puesta en marcha de la planta

Manuscrito de Rudolf Lutz para la introducción a la obra.
Lutzogramm (PDF)

Reflexión sobre la obra

Personalidades de diversos ámbitos de la sociedad analizan el texto de la obra barroca desde una perspectiva actual y personal.
Zur schriftlichen Reflexion

Artistas

Orquesta

Dirección
Rudolf Lutz

Violín
Éva Borhi, Lenka Torgersen

Viola
Martina Bischof

Violoncello
Maya Amrein

Violoncello piccolo
Daniel Rosin

Violone
Markus Bernhard

Oboe d’amore
Katharina Arfken, Josefa Winterfeld

Oboe da caccia
Amy Power, Luís Santos

Fagot
Andrew Burn

Órgano
Nicola Cumer

Taller introductorio

Participantes
Rudolf Lutz, Pfr. Niklaus Peter

Reflexion

Orador
Stefan Kahle

Grabación y edición

Año de grabación
20/03/2026

Lugar de grabación
Trogen AR (Suiza) // Iglesia Evangélica

Ingeniero de sonido
Stefan Ritzenthaler

Productor
Meinrad Keel

Productor ejecutivo
Johannes Widmer

Productor
GALLUS MEDIA AG, Schweiz

Producción
J. S. Bach-Stiftung, St. Gallen, Schweiz

Sobre la obra

Primera interpretación
13 de mayo de 1725, Leipzig

Texto
Movimiento 1: Juan 16,2; movimientos 2–4: Christiane Mariane von Ziegler; movimiento 5: «Zeuch ein zu deinen Toren» (P. Gerhardt, 1653), estrofa 5

1. Rezitativ ‒ Bass

«Sie werden euch in den Bann tun, es kömmt aber die Zeit, daß, wer euch tötet, wird meinen, er tue Gott einen Dienst daran.»

2. Arie ‒ Tenor

Ich fürchte nicht des Todes Schrecken,
ich scheue ganz kein Ungemach.
Denn Jesus’ Schutzarm wird mich decken,
ich folge gern und willig nach;
wollt ihr nicht meines Lebens schonen
und glaubt, Gott einen Dienst zu tun,
er soll euch selben noch belohnen,
wohlan, es mag dabei beruhn.

3. Rezitativ ‒ Alt

Ich bin bereit, mein Blut und armes Leben
vor dich, mein Heiland, hinzugeben,
mein ganzer Mensch soll dir gewidmet sein;
ich tröste mich, dein Geist wird bei mir stehen,
gesetzt, es sollte mir vielleicht zu viel geschehen.

4. Arie ‒ Sopran

Höchster Tröster, Heilger Geist,
der du mir die Wege weist,
darauf ich wandeln soll,
hilf meine Schwachheit mit vertreten,
denn von mir selber kann ich nicht beten,
ich weiß, du sorgest vor mein Wohl!

5. Choral

Du bist ein Geist, der lehret,
wie man recht beten soll;
dein Beten wird erhöret,
dein Singen klinget wohl.
Es steigt zum Himmel an,
es steigt und läßt nicht abe,
bis der geholfen habe,
der allein helfen kann.

J. S. Bach-Stiftung Bildmarke
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Referencias

Todos los textos de las cantatas están tomados de la «Neue Bach-Ausgabe. Johann Sebastian Bach. Neue Ausgabe sämtlicher Werke», publicada por el Johann-Sebastian-Bach-Institut Göttingen y por el Bach-Archiv Leipzig, serie I (cantatas), tomos 1-41, Kassel y Leipzig, 1954-2000.

Todos los textos introductorios a las obras, los textos «Profundización en la obra» así como los «Comentarios teológico-musicales» fueron escritos por Dr. Anselm Hartinger, el Rev. Niklaus Peter así como el Rev. Karl Graf bajo consideración de las siguientes obras de referencia: Hans-Joachim Schulze, «Die Bach-Kantaten. Einführungen zu sämtlichen Kantaten Johann Sebastian Bachs», Leipzig, segunda edición, 2007; Alfred Dürr, «Johann Sebastian Bach. Die Kantaten», Kassel, novena edición, 2009, y Martin Petzoldt, «Bach-Kommentar. Die geistlichen Kantaten», Stuttgart, tomo 1, segunda edición,  2005 y tomo 2, primera edición, 2007

J. S. Bach-Stiftung Bildmarke
J. S. Bach-Stiftung Bildmarke

Quellenangaben

Alle Kantatentexte stammen aus «Neue Bach-Ausgabe. Johann Sebastian Bach. Neue Ausgabe sämtlicher Werke», herausgegeben vom Johann-Sebastian-Bach-Institut Göttingen und vom Bach-Archiv Leipzig, Serie I (Kantaten), Bd. 1–41, Kassel und Leipzig, 1954–2000.

Alle einführenden Texte zu den Werken, die Texte «Vertiefte Auseinandersetzung mit dem Werk» sowie die «musikalisch-theologische Anmerkungen» wurden von Anselm Hartinger und Pfr. Niklaus Peter sowie Pfr. Karl Graf verfasst unter Bezug auf die Referenzwerke: Hans-Joachim Schulze, «Die Bach-Kantaten. Einführungen zu sämtlichen Kantaten Johann Sebastian Bachs», Leipzig, 2. Aufl. 2007; Alfred Dürr, «Johann Sebastian Bach. Die Kantaten», Kassel, 9. Aufl. 2009, und Martin Petzoldt, «Bach-Kommentar. Die geistlichen Kantaten», Stuttgart, Bd. 1, 2. Aufl. 2005 und Bd. 2, 1. Aufl. 2007.

Este texto ha sido traducido con DeepL (www.deepl.com).

Stefan Kahle

La muerte. Siempre está a nuestro alrededor, siempre dentro de nosotros. Y, entretanto, casi a diario, nos vemos expuestos en los canales de noticias a informes sobre peligros y catástrofes que —casi como el versículo bíblico inicial de la cantata— se ciernen amenazadoramente sobre nosotros. Guerra en Europa, una política mundial que parece desafiar cualquier pronóstico y un cambio en la convivencia social que intenta hacerla tambalearse cada vez más…

La muerte se sitúa claramente, en la frontera que separa la muerte de la vida, del lado de la vida. Porque morir es un proceso, es cambio, es transformación. La muerte, en cambio, en el sentido biológico y médico, es un estado. Morir es inevitable para todos nosotros, todos somos finitos. Y, sin embargo, a la mayoría nos cuesta hablar de ello.

Incluso cuando nos enfrentamos a la muerte en películas, libros o, como hoy, en esta cantata, sigue siendo de alguna manera abstracta. Quizás nos conmueve, nos hace reflexionar sobre las pérdidas que ya hemos sufrido. Pero ¿cruzan alguna vez los pensamientos la frontera hacia nuestra propia mortalidad? Por desgracia, rara vez.

Porque nuestra sociedad no está diseñada para ello. Todo debe perdurar, cada uno debe superar su propio horizonte, triunfar. Cada yo se convierte cada vez más en la medida aparentemente inagotable de las cosas. La muerte no encaja en absoluto en ese panorama.

En su cantata «Denn sie werden euch in den Bann tun» (Porque os desterrarán), de 1725 (la segunda basada en este texto), Bach consigue plasmar en la música de forma tan accesible el camino interior del yo ante la amenaza de la fatalidad y, precisamente así, crea una especie de diálogo reconfortante con la propia finitud, que destella en tantas de sus obras y que intenta una y otra vez quitarle al oyente el miedo a ocuparse de su propia muerte, de su propia finitud. Porque en la cantata de hoy queda más que claro que ocuparse de la muerte no significa renunciar a la vida y a todo lo que esta significa para cada uno; al contrario. Esto también se percibe en cada uno de los movimientos.

Ya en el aria del tenor, cuyo texto se presenta en realidad maravillosamente desafiante y sin tapujos —como una rectificación espontánea del anterior y escandaloso versículo bíblico del Evangelio de Juan—, se dibuja musicalmente, sin embargo, un mundo emocional completamente diferente. Y socava así todo martirio aparentemente heroico, pero hueco en su impulsividad.

No temo el horror de la muerte,
ningún sufrimiento me amedrenta.
Pues el brazo protector de Jesús me ampara,
feliz y complaciente le sigo;
si no deseas que conserve mi vida
y crees que así haces un servicio a Dios,
Él mismo te recompensará,
¡así sea, estaré conforme con ello!

La aria es menos decidida en cuanto al sonido; más bien, en ella se percibe el aferrarse a la vida. Por muy fuerte, seguro y convencido que parezca el texto de la aria, Bach, mediante las numerosas repeticiones y las largas frases que se entrelazan a veces de forma enrevesada entre la voz de tenor y el violonchelo piccolo, la convierte casi en una especie de mantra: un mantra que el yo debe repetirse una y otra vez a sí mismo en un intento de llenar las decididas palabras con su propia fuerza.

Solo se puede aceptar la catástrofe que se avecina volviéndose hacia la fe y su fuerza, así lo dice la cantata. Se puede confiar en el poder superior que nos protege y nos acoge. Especialmente a través de esto, Bach muestra, desde su perspectiva firmemente anclada en la fe, que aceptar la muerte no tiene nada de combativo en sí mismo; más bien es una negociación.

Al igual que la reflexión tras una respiración profunda, el recitativo del contralto parece entonces dar a los propios pensamientos la estabilidad necesaria para tomar verdadera conciencia de la fuente de la propia fuerza. Esta respiración profunda, esta superación de las dudas, de las preocupaciones y quizás también de la culpa, hace posible, en fin, que en medio de todo lo que parece tan pesado, brille también la sensación liberadora del desprendimiento. Al igual que en el aria de soprano, en la que el yo, sostenido por la certeza de ese poder superior, encuentra con verdadero ímpetu una forma de abordar la profecía de la palabra bíblica. Momentos en los que uno está en paz consigo mismo y se vuelve, casi con paso ligero, hacia el final que se aproxima.

Como funerario, uno es testigo de cada una de estas fases en las conversaciones sobre la previsión funeraria: desde el consuelo y la lucha interior, pasando por la negociación, hasta la paz interior. Desde los primeros pasos vacilantes para afrontar la propia muerte y el funeral, hasta ideas y deseos totalmente sinceros sobre cómo se podría organizar el propio funeral.

La forma en que cada persona llega a esa franqueza varía completamente de una persona a otra. Si no es la fe, entonces es el entorno que uno se ha creado, el bonito y acogedor hogar que le da seguridad y es un verdadero hogar. La satisfacción de haber cumplido un sueño largamente acariciado o, simplemente, las personas que están ahí para uno cuando las propias fuerzas se agotan.

Sí, al morir, las personas buscan apoyo en sus semejantes, pero a veces es precisamente esa búsqueda de apoyo lo que hace que hablar resulte aún más difícil: sobre los propios miedos y preocupaciones ante lo que pueda venir después de la muerte, sobre cómo se manifiestan en uno los signos de la muerte o sobre la carga que ello supone para los seres queridos. Quizás otra imagen para ilustrarlo:

En el hospital. Un joven médico va a hacer la ronda a ver a una mujer mayor que lleva ya algún tiempo ingresada. El cáncer ha sido un invitado recurrente a lo largo de los últimos años. Frente a la puerta de la habitación se encuentra con el marido de la paciente, que camina pensativo de un lado a otro por el pasillo. El médico se da cuenta de que ya lo esperan: «Doctor, lo noto en mi mujer. Se está muriendo, lo siento. Pero, por favor, no se lo diga. Quiero que disfrute del tiempo que le queda y lo pase sin preocupaciones. Mientras yo pueda prepararme y poner en marcha todo lo necesario, eso es suficiente».

Un poco desconcertado, pero tranquilizando al hombre, el médico sigue adelante, abre con cuidado la puerta de la habitación, entra y se dirige a la mujer. A solas con ella, estudia el historial y la examina. Sí, la muerte ya se ha instalado en su habitación. El corazón apenas late. La respiración es superficial. Un silbido suave, apenas perceptible, acompaña cada respiración. Sus manos y pies están fríos, pues el corazón ya solo irriga los órganos vitales, ya que por sí solo ya no tiene fuerzas para bombear la sangre por todo el cuerpo. Lo primero que deja de recibir riego son las extremidades. Porque son, por así decirlo, un lujo, y ya no queda energía para ellas. Se trata de mantener la vida.

Mientras desliza el estetoscopio por la espalda de la paciente y escucha el suave crepitar de los pulmones, la mujer suspira: «Ay, doctor, no tiene que decir nada. Me doy cuenta de que se acerca el final. Ya no quiero seguir luchando. Ha sido una vida larga y bonita, sesenta y cinco años casada y más que feliz durante ellos. Pero, doctor, ¡no se lo diga a mi marido! No lo soportaría, y en estos últimos momentos que me quedan quiero recordarlo sin nubes, como el hombre que me ha dado tanta alegría a lo largo de todos estos años. Si él lo supiera, todo giraría solo en torno al final». Este episodio acompaña al médico durante bastante tiempo, y cuando por la tarde sale de la clínica al terminar su jornada, se lleva consigo ambas promesas cumplidas.

La muerte, como en esta historia —que, de forma similar, se suele contar como ejercicio mental a quienes se inician en el acompañamiento de la muerte y el duelo—, tiene lugar hoy en día, en su mayoría, en la intimidad. En hospitales, residencias o centros de cuidados paliativos. Las razones de este cambio residen sobre todo en la urbanización extremadamente rápida y en las experiencias bélicas del siglo pasado, cuando, de repente, los heridos graves desbordaron los hospitales.

No había tiempo ni capacidad para llevar a los moribundos de vuelta a su entorno familiar para su último viaje, con el fin de seguir las antiguas costumbres que no solo preparaban a las familias para la muerte de sus seres queridos, sino que también les ayudaban a sobrellevar las primeras horas o incluso los primeros días tras el fallecimiento.

Los vendajes calientes que se cambiaban con frecuencia, por ejemplo, y el consiguiente lavado de los moribundos para estimular una y otra vez la circulación y evitar las úlceras por presión en caso de postración en cama, ofrecían sin duda, entre algunas generaciones de padres e hijos, momentos de un intercambio profundo, pero también de una percepción muy consciente de la muerte con todos los sentidos: la piel que palidece; la mirada, que cada vez es menos capaz de seguir lo que ocurre; los momentos de vigilia, que ceden cada vez más espacio a los de un sueño profundo; y, por último, pero no por ello menos importante, el olor, que anuncia subliminalmente el final.

Lo que comenzó como una solución por necesidad siguió constituyendo, sin embargo, incluso tras el fin de la guerra, la base de nuestra forma actual de abordar la muerte y el duelo. Esto, junto con el capitalismo emergente, que hoy determina gran parte de nuestra convivencia social, ha hecho que, sobre todo, el manejo del duelo se externalice y se reprima con frecuencia. Porque el duelo paraliza. El duelo no rinde. El duelo parece significar un estancamiento. Para ello no hay lugar en un mundo que, con demasiada frecuencia, aspira al mayor beneficio posible.

Pero el duelo no es un sentimiento cualquiera. El duelo es —al igual que el recitativo de Altre, que invita a respirar hondo y a la reflexión, en la cantata— la pausa que cada uno debería reclamarse para encontrar una forma de afrontar la pérdida sufrida. Es la solución, no el problema. El duelo es un descanso del propio ser, del que, si se vive conscientemente, se puede salir para dar forma a la vida cotidiana con nuevas imágenes y recuerdos ordenados, y tal vez incluso salir de él más fortalecido.

Muchos familiares pueden encontrar ahora esta pausa gracias a rituales recién descubiertos durante el proceso funerario. A través de una despedida consciente del difunto, ya sea en casa o en la residencia, por supuesto dentro del plazo prescrito por la ley, que en Alemania es de entre uno y dos días, pintando el ataúd y decorando la urna o, tal vez, escribiendo un diario del funeral en el que se anote cada paso que se planifica y se vive junto con el funerario, y que se deposita en la tumba durante el entierro o la inhumación; liberándose un poco de este camino junto a la tumba.

Pero no todos encuentran en este tiempo la paz, la fuerza o el valor necesarios. Al fin y al cabo, el tiempo hasta el entierro o la inhumación de la urna también conlleva un sinfín de decisiones, tareas y plazos. En Sajonia, por ejemplo, un entierro debe haber tenido lugar en un plazo de catorce días. Si, como familiar, se ha tenido la oportunidad de preguntar de antemano por algunos de los deseos e ideas, se dispone ya de la documentación necesaria bien ordenada y quizá se ha podido preparar de alguna manera para la muerte gracias a un periodo de cuidados prolongado, esto puede resultar intenso, pero manejable.

Pero en cuanto a esta organización se suma la sobrecarga de lo imprevisible: ¿dónde queda entonces espacio para procesarlo? La realidad es que, tarde o temprano, el duelo siempre busca su espacio. Por eso, desde hace algunos años, el acompañamiento guiado en el duelo es cada vez más importante y extendido, porque el ser humano no está hecho para reprimir los sentimientos y miedos de pérdida y, en algún momento, tropieza. No es raro que el paso de buscar ayuda se dé meses o incluso años después del desencadenante del duelo. Incluso cuando, como es posible en Suiza, se lleva la urna a casa tras la cremación, esta cercanía permanente con el difunto también puede provocar conflictos internos que se pueden trabajar en el acompañamiento del duelo.

Cada persona vive el duelo de manera diferente y necesita cosas distintas o pequeños rituales para afrontar la pérdida sufrida y encontrar la forma de dejarla atrás. Sin embargo, lo más importante es que todos, en nuestra convivencia diaria, tengamos el valor de asumir los sentimientos y las reacciones físicas que el duelo despierta en nosotros, y de hablar de ello. Que hablemos del tema de nuestra propia muerte con quienes nos importan, que compartamos deseos y que, a través de ello, creemos cercanía. Porque, como se mencionó al principio: la muerte está siempre a nuestro alrededor, de una forma u otra, y es hora de que aceptemos este hecho y dejemos a un lado el gran tabú que rodea a la muerte y el morir.

Cuando uno se acerca a la obra de Johann Sebastian Bach —especialmente a cantatas como la de hoy—, es testigo una y otra vez, de manera maravillosa, del profundo consuelo y la paz que se encuentran en todo lo que parece difícil. —— Muchas gracias.

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